Todo el mundo conoce esa celebérrima película llamada “La Naranja Mecánica”, dirigida por el no menos célebre Stanley Kubrick. El que nunca haya oído hablar de esa obra maestra cinematográfica, es queer as a clockwork orange, o más raro que un perro verde, que sería la expresión española equivalente. Lo que ya no conoce tanta gente (y si lo conoce, no le presta interés) es el libro en el que está basado el filme, escrito por el desconocido Anthony Burgess.
Lo primero que observa el lector nada más comenzar la lectura, es que no se está enterando de lo que pone. Demasiados términos extraños, la mayoría de origen ruso, propios de la jerga nasdat (adolescente), que Burgess inventa con la intención de darle ese ambiente futurista que se percibe a lo largo de la obra. Pero para solucionar el problema está el glosario nasdat-español que encontramos al final del libro. Cierto es que durante las primeras páginas es bastante oneroso consultar este glosario prácticamente en cada frase, pero a medida que se van pasando páginas y las traducciones se almacenan en nuestra memoria, la lectura se hace mucho más agradable. Por lo demás, tiene una estructura muy bien definida, con su introducción, nudo y desenlace correspondientes a las tres partes de siete capítulos cada una en que se divide la obra. Su estilo es sencillísimo; describe las cosas como son, y punto: nada de meterse en detalles innecesarios que no aportan nada, pues la intención del libro no es precisamente deslumbrar al lector con piruetas líricas ni aburrirle con descripciones quilométricas. La calidad literaria no es muy alta; nadie va a decir que La Naranja Mecánica es una obra imprescindible en tu biblioteca a no ser que te la estén intentando vender, pero tampoco es un desastre. Pasa lo mismo que en Un Mundo Feliz, otro libro que literariamente no es gran cosa, pero con gran interés para quien lo lea desde un punto de vista ético o psicológico.
Llegados a este punto, mucha gente se planteará la siguiente pregunta: ¿qué mola más, leer el libro o ver la peli? Pues son prácticamente como dos gotas de agua, como si alguien hubiera visto la película y la hubiera narrado con algunos detalles y escenas extra, pero al revés, es decir, leer el libro y plasmarlo en la pantalla omitiendo algunas escenas y detalles que, aunque intereresantes, no son imprescindibles. La gran diferencia es que Kubrick obvió el último capítulo del libro (lo que le resquemó mucho a Burgess), en el que Alex se reformaba y escogía el bien por decisión propia. Es decir, que en la peli se destroza el espíritu del libro, el desenlace, el “todo el mundo puede cambiar”, pero por otra parte deja al espectador con la intriga: “¿qué hará Alex ahora?” Y esto tiene gran atractivo. Personalmente creo que el polémico capítulo veintiuno es muy importante, y en él está la esencia del libro: su omisión lo cambia prácticamente todo. Ahora bien, ¿esa omisión es un cambio a mejor o a peor? A peor, si lo vemos desde el punto de vista de una obra moralizante. A mejor, si lo vemos desde el punto de vista de un espectador que tiene interés en otros aspectos de la obra. Aunque ya se sabe: para gustos, los colores.